Hoy en día tenemos a nuestro alcance cada vez más dispositivos tecnológicos, que ocupan un lugar relevante en el cotidiano, en la organización de las tareas del hogar, en la eficiencia en el trabajo e incluso en el ocio y la organización del tiempo libre.
Este escenario plantea un desafío nuevo para las familias: nunca antes habíamos tenido un acceso tan inmediato, continuo y personalizado a estímulos diseñados para captar nuestra atención. Se suele decir que en un móvil con acceso a internet podemos poner un casino en el bolsillo de nuestros hijos e hijas, y es cierto. Pero también es cierto que podemos dar acceso a bibliotecas inmensas, a museos o sitios históricos de distintos rincones del mundo, al conocimiento sobre cómo funcionan los trenes o el propio sistema solar.
Los dispositivos tecnológicos forman parte de nuestro presente, y también del de nuestros hijos e hijas. Y sobre todo forman parte de su futuro, por lo que es importante conocer y entender la dinámica con que funcionan, para acompañar y educar en su uso más provechoso, responsable y saludable. Es un desafío motivar, generar curiosidad, propiciar espacios para que exploren con seguridad.
Conocer y entender para actuar
Durante la infancia y hasta la adolescencia el cerebro está en proceso de maduración. No es que cuando están con una pantalla (sea televisión, videojuegos o móviles) “no nos atiendan” o “no quieran dejar de jugar”, es que su cerebro aún no se ha desarrollado en ese sentido. Incluso durante la adolescencia las áreas cerebrales relacionadas con el placer, la novedad y la recompensa se activan con mucha facilidad, mientras que las encargadas del autocontrol y la planificación a largo plazo aún están en desarrollo. Entender esto nos permite dejar de interpretar estas situaciones como desobediencia o desafío, y empezar a verlas como una dificultad real para autorregularse en un entorno altamente estimulante.
Las experiencias que ofrecen gratificación rápida son muy atractivas y difíciles de regular, y eso es lo que ocurre con muchos videojuegos: en las últimas décadas han cambiado no solo en lo tecnológico, sino también en su diseño psicológico.
Los juegos de fines del siglo pasado y principios de este solían tener una estructura cerrada y limitada: la persona disponía de un número concreto de vidas, niveles o intentos y cuando se agotaban, la partida terminaba y era necesario empezar de nuevo o simplemente dejar de jugar. Sin falsas añoranzas de que el tiempo pasado fue mejor, sí que es real que aquellos diseños implicaban una mayor tolerancia a la frustración, al aprendizaje del error, a aceptar la interrupción, ya que en muchos casos había que compartir la consola, cambiar de cartucho o acudir a salones recreativos. Todo ello introducía pausas que hoy prácticamente han desaparecido.
Los videojuegos actuales, especialmente en línea, funcionan bajo una lógica muy diferente: ofrecen experiencias continuas (y potencialmente infinitas) donde no existe un final claro, sino objetivos encadenados, temporadas que se renuevan, recompensas diarias y eventos temporales que invitan a volver constantemente. Incluso cuando se pierde, se puede continuar casi de inmediato. Muchos videojuegos están diseñados para jugar en comunidad por lo que la presión del grupo, los horarios compartidos y los objetivos colectivos hacen que abandonar la partida no sea solo una decisión individual. Las recompensas dependen de la permanencia por lo que cuanto más se juega, más posibilidades hay de obtener mejoras, desbloquear contenidos o avanzar en el juego. Este sistema refuerza la idea de que parar implica perder oportunidades. Todo esto dificulta mucho la desconexión.
Esta lógica de estimulación constante no es exclusiva de los videojuegos, sino que atraviesa gran parte del ecosistema digital actual: en las redes sociales siempre hay una nueva publicación, un nuevo vídeo o notificación pendiente, que activa la curiosidad y la expectativa de recompensa y algo similar ocurre con las plataformas de películas y series con la reproducción automática de episodios, la ausencia de pausas largas y la disponibilidad ilimitada de contenido.
Esto hace que uno de los desafíos fundamentales de nuestro tiempo sea el desarrollo de habilidades de autocontrol, lo cual resulta especialmente difícil cuando una actividad no ofrece señales claras de finalización. El cerebro se mantiene en un estado de alerta constante, con la sensación de que algo interesante está a punto de aparecer.
Comprender cómo funcionan los videojuegos, las redes sociales y las plataformas digitales no es solo un ejercicio teórico, sino una estrategia de prevención. Cuando estos entornos se convierten en la principal fuente de gratificación, evasión o regulación emocional, el riesgo de desarrollar un uso problemático aumenta. En situaciones más graves, esta dificultad para controlar el tiempo y la conducta de juego puede derivar en lo que se conoce como juego patológico, una problemática reconocida por la comunidad científica y que requiere atención temprana.
Prestar atención a las señales
No todas las personas menores expuestas a videojuegos o pantallas desarrollan problemas, pero la combinación de un cerebro en desarrollo y entornos digitales diseñados para captar la atención de forma constante aumenta la vulnerabilidad. Cuando deja de ser una actividad más y pasa a ocupar un lugar central en la vida emocional, pueden aparecer dificultades para controlar la conducta, tolerar la frustración o desconectar.
Un uso problemático de videojuegos no se define únicamente por el número de horas de juego, sino por la pérdida de control y las consecuencias que genera. Algunas señales frecuentes incluyen irritabilidad cuando no se puede jugar, dificultad para desconectar, abandono de actividades que antes resultaban placenteras, problemas de sueño o descenso del rendimiento académico. En estos casos, las pantallas dejan de ser una forma de ocio para convertirse en el eje central del bienestar emocional.
Prestar atención a estas señales no implica alarmarse, sino reconocer a tiempo cuándo el ocio digital empieza a generar malestar o pérdida de control. Es importante tener en cuenta que estas señales no suelen aparecer de forma brusca, sino progresiva. Al principio pueden manifestarse como pequeños cambios en el humor, mayor cansancio o discusiones frecuentes relacionadas con las pantallas.
El papel de las familias: acompañar para prevenir
El uso que niños, niñas y adolescentes hacen de los dispositivos tecnológicos está profundamente influido por el entorno familiar y los modelos adultos. Una vez más, y como siempre: madres, padres, profesionales y figuras de referencia somos ejemplo.
Acompañar, escuchar y poner límites no es una señal de desconfianza, sino de protección. Acompañar implica, por ejemplo, interesarse por los videojuegos y plataformas que utilizan, acordar horarios y tiempos de descanso, conocer con quién juegan, crear rutinas sin pantallas y, sobre todo, estar disponibles para conversar. El diálogo abierto, sin juicios ni confrontaciones constantes, favorece que nuestros hijos e hijas expresen cómo se sienten, cómo están viviendo su vínculo con la tecnología, qué lugar ocupan las pantallas en su vida. Hablar de estos riesgos no implica demonizar la tecnología ni generar miedo. Al contrario, la información permite tomar decisiones conscientes y adaptadas a cada familia. Esto también implica revisar nuestros propios hábitos como personas adultas.
No se trata de actuar desde el miedo y la prohibición, sino desde la información y la presencia. Conocer los beneficios y los riesgos del entorno digital nos permite acompañar mejor a nuestros hijos e hijas, fortalecer su capacidad de autocuidado y abrir un abanico de oportunidades para un desarrollo más sano, consciente y equilibrado en un mundo cada vez más tecnológico.